Bill Evans

UN RÍO EN NUESTRA IMAGINACIÓNEra de noche, un poco tarde y en el local se mezclaban el olor a humo de tabaco, el sabor de un buen whisky, el aroma del café y el sudor de los músicos que llevaban ya un tiempo tocando. Todo lo envolvía una magia especial. Escuchaba la música concentrado en los instrumentos, que iban desde el piano, la batería, pasando por la trompeta, el saxofón, el contrabajo, etcétera., Lo que aporta no solamente un sonido diferente y único, sino también un amplio y diferente número de piezas musicales que iban discurriendo una tras otra.

El ambiente en ocasiones estaba en silencio y otras la gente chascaban los dedos, o bien movía las cabezas y, de vez en cuando, emitía un sonido de aprobación, un silbido o un «yeah» o «wuau» gusto por lo que estaban escuchando. Los camareros y camareras pasaban entre las mesas sirviendo copas tras copa y café tras café.

Al cabo de un rato hubo un ligero descanso para que la gente pudiera, de alguna manera, reposar todo aquello que había escuchado, comentarlo con los compañeros, ir al baño si lo necesitaba, para luego, después de un corto periodo de tiempo, la música volviera a fluir. En ese momento levanté mi brazo para avisar al camarero y noté que mi mano tropezaba con alguien. Me levanté y giré para disculparme.

Me quedé sin palabras porque todo se quedó reducido a unos ojos que se clavaron en los míos. Me quedé sin voz frente a una boca entreabierta y, sobre todo, me quedé inmóvil, como mi mano en su cintura, ante una mujer que provocó un terremoto en mi interior. Allí, de pie, ambos nos quedamos sin saber qué hacer y fue la sensación de ser observados por el resto de los que estaban sentados en las otras mesas, lo que hizo que nos diéramos cuenta de la situación.

Ella se sentó en la mesa en la que yo estaba. Mi mano no deseaba separarse de su piel y, aunque se fue separando de su cintura fue recorriendo su brazo hasta tomar su mano mientras nos sentábamos. La camarera vino y yo pedí otro café, ella también pidió otro. La música comenzó a brotar de las manos, de los labios y de los dedos de los músicos. La primera pieza marcó aquella noche: Spartacus love theme, de Bill Evans.

A la memoria me vino el momento en que la esclava entra en la celda en la que Espartaco está encerrado. Ella es una prostituta a la que obligan a acostarse con los gladiadores. Cuando entra por la puerta, ambos comprenden que están hechos el uno para el otro, se enamoran sin tener que decirse nada. Pero también es el momento en el que Espartaco se dirige a sus guardias y le grita aquella frase mítica que dice: “no soy un animal”.

No sé el tiempo que estuvimos mirándonos en silencio, hablando sin decir palabras, escuchando la música que fluye en el ambiente y sintiendo que los demás, de vez en cuando, nos miraban con esa mirada mágica que sólo existe en esos locales, en esos ambientes, en esos momentos tan especiales. Allí surgió el amor, nació todo.

© La Mirilla Curiosa

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